Los tiempos cambiaron y la relación con los héroes se volvió compleja. El retrato del sheriff incorruptible dejo de ser objeto de veneración y el renegado, el fuera de la ley, pasó a ocupar su lugar. Ya no importaba que hubiese tenido el valor de luchar solo ante el peligro, el sentido del deber resultaba asfixiante frente a los aires de libertad del que cabalgaba en busca de un puñado de dólares. Pero cuando el outlaw sigue cabalgando ¿por qué el sheriff se queda?

Sin perdón (Unforgiven; Clint Eastwood, 1992) nos cuenta como el reformado (que no redimido) William Munny de Missouri, antaño un temido criminal, tiene que volver a empuñar las armas para cobrar la recompensa ofrecida por unas prostitutas (tras el maltrato a una de ellas), que le ayude a mantener a flote su granja y que garantice la subsistencia de sus hijos. En su misión se encontrará de cara con la resistencia de Little Bill Daggett, el implacable sheriff de Big Whiskey, el pueblo de las prostitutas.

Clint Eastwood encarna a un William Munny que derrocha encanto sucio. Es el retrato de la vejez del jinete sin nombre que interpretase para Sergio Leone. Es el conocido y admirado antihéroe. Por definición, Little Bill es su antagonista, el malo de la película, pero si Munny es el antihéroe ¿No debería ser Little Bill el antivillano?

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Little Bill Daggett (interpretado por un inmenso Gene Hackman), nos cae mal desde el principio. Es un tipo rudo y grandilocuente que no parece ajusticiar debidamente a los jinetes que se propasan y llegan a cortar la cara de la prostituta Delilah. Pero lo que resulta innegable es que Little Bill es implacable. La ofrenda furtiva de las prostitutas convierte a Big Whiskey en el escenario deseado de caza fortunas de la peor calaña, gente como el magnético William Munny o el pusilánime Bob el Inglés.

En el western, el sheriff es el representante de la ley. La ley es sinónimo de orden, el primer paso para civilizar las tierras salvajes y garantizar la convivencia de quienes las habitan; pero como aprendería James Stewart en El hombre que mató a Liberty Valance: el lejano oeste es ese lugar donde “todos están dispuestos a matarse por un filete”. En el western, se entrecruzan y chocan los deseos de progreso y de libertad en un escenario donde cualquiera empuña un arma y el agua solo llena los abrevaderos. Allí donde las hazañas de los cuatreros se convierten en leyenda y donde todos mirarán hacia otro lado para no meterse en líos, intentar mantener el orden es un acto de pura heroicidad.

Quizá juzgamos demasiado pronto a Little Bill por su decisión de no ahorcar o torturar a los agresores de la prostituta; porque la demanda de compensar el daño con cabezas ganado, en lugar de una violenta reprimenda, revela a un idealista bajo la piel curtida del sufrido sheriff. Y es que parece que Little Bill está cansado derramar sangre e intenta construir en lugar de destruir, porque eso es lo que perdura.

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Little Bill trata de construir su casa con sus propias manos. Se destroza los dedos a martillazos, la casa no tiene ni un solo ángulo recto y se filtra el agua de la lluvia, pero es un hogar.

Big Whiskey es un castillo de naipes en medio de una tormenta. Un territorio de grises donde la libertad individual y la necesidad de justicia, forman una baraja de póker en una partida llena de cartas marcadas y ases en la manga, que solo un buen jugador puede ganar.

Ningún ciudadano puede ir armado y Little Bill se encarga de ello. Uno se pregunta si no ha podido encontrar ayudantes más competentes, pero parece como si hubiese querido mantener la inocencia de los que le sucederán. Porque Little Bill se ensucia las manos con las que intenta mantener enderezada su ciudad, para que otros no lo tengan que hacer.

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Y mientras disfrutamos con las sentencias verbales de William Munny en su intento ganar dinero sucio y, en un flagrante acto de cobardía, rompiendo la promesa hecha a su difunta esposa de no volver al alcohol; Little Bill permanece impasible ante aquellos que se empeñan en quebrar el frágil equilibrio de Big Whiskey y se condena al infierno por defender su ciudad, su sueño, su ideal.

Little Bill ya nunca se sentará en su porche a disfrutar de su café al atardecer. El porche de la casa que no pudo terminar de construir porque siempre había alguna ley que hacer cumplir en Big Whiskey.

Big Whiskey, Hadleyville o Deadwood, mañana serán sitios mejores porque Little Bill, Will Kane y Seth Bullock, dejaron de lado su casa, su esposa y su negocio para hacer de sus comunidades un lugar donde merezca la pena vivir.

Texto de Rafa Gambín para The MU Films (publicado el 1 de marzo de 2016)


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